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Usar el intelecto, pensar y obedecer

  • Writer: Red Corán
    Red Corán
  • Nov 4, 2022
  • 2 min read

Autor: Abdennur Prado


El principal mandato Corán, por ser el más repetido, es pensar la revelación por uno mismo:

“Hemos hecho descender ahora para vosotros una escritura divina que contiene todo aquello que debiérais tener presente: ¿no vais, pues, a usar vuestro intelecto?”

(Corán 21:10)


Una pregunta que repite hasta diecisiete veces, con pequeñas variantes:

“¿Es qué no vais a usar vuestro intelecto?” (Corán 2:44; 2:75; 3:65; 6:32; 7:169; 10:16; 10:42; 10:100; 11:51; 12:109; 21:10; 21:67; 23:80; 28:60; 36:62; 36:68 y 37:138)


Con esta pregunta, el Corán pretende forzarnos a dar una respuesta, a interactuar con él. Al-lâh ha hecho descender el Corán para nosotros, como un amigo que viene a visitarnos cuando estamos enfermos y nos ofrece un alimento fuerte, que sabe que podrá sanarnos y, cuando ve que nosotros nos limitamos a mirarlo con recelo, nos pregunta: “¿es que no te lo vas a tomar?”.


Aceptar la revelación pasa por contestar de forma afirmativa a esta pregunta, lo cual nos obliga a considerar el Corán de un modo particular: ya no únicamente como un conjunto de normas o preceptos que debe ser aceptado y obedecido, sino como un conjunto de signos que debe ser pensado. No hacerlo equivale a rechazar aquello que Al-lâh nos ha traído. Una descortesía que nos impide establecer una relación amistosa, afectuosa, con aquello que ha sido revelado.


Pero ¿qué quiere decir que el Corán nos haga preguntas? ¿Acaso la revelación no es una comunicación de mensajes divinos, de contenidos sagrados y/o trascendentes, ante los cuales nosotros, simples criaturas, no tenemos nada que decir? Pero aquí Al-lâh nos pide que le respondamos, que nos impliquemos personalmente, que pensemos el Corán por nosotros mismos.


Cuando uno lee esta aleya, el corazón es el primero en contestar. Solo la mente se resiste. Se puede pretender que estamos ante un recurso retórico, pero eso no enmudece la pregunta.

Aquí se pone a prueba si realmente somos capaces de entregarnos a Al-lâh, o preferimos quedarnos en la mera adhesión a una tradición tal y como ha sido fijada por los sabios del pasado, a los que se venera en lugar de obedecer a Al-lâh. El corazón lo sabe bien: frente a la pregunta intemporal que Al-lâh nos hace a cada uno de nosotros, todo lo pensado por las generaciones precedentes, por muy brillante que sea, no nos excusa de hacerlo por nosotros. Pues el pensar, como el amar, no puede delegarse.

Ante Al-lâh no cabe sino una entrega decidida: el pensar es lo propio del obedecer.


Y Al-lâh es el que sabe.

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